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Carta 1

Te escribo sin saber si algún día leerás esto.

Te escribo para integrar, para abrazar a mi corazón, para escribirme.

Tanto ha pasado en este tiempo.

Que parece tan quieto a su vez.


Mi corazón late con una sensibilidad especial cuando te recuerda.

Una herida abierta aún no logra dejar de sangrar.

Envuelta en amor la abrigo todas las noches.

Mi mente busca historias que me ayudan a completar el vacío que aún pulsa extrañándote dentro de mí.

Y sé que solo el tiempo puede curar esta herida invisible a los ojos.


¿Cómo está tu corazón más allá de lo aparente?

Me pregunto cuando me duele y cuando me deja de doler.

Te siento tan entusiasmado en tu nueva vida que a veces olvido que terminamos hace tan poco.


¿Qué sabe el calendario del tiempo del corazón?


Me duele el ego ante el desapego y el corazón, cuando me doy cuenta de las heridas que antes no había podido ver.


Si hace 13 años hubiera sabido lo que hoy sé...

Si hace 13 años hubiera tenido la madurez de hoy...

No hubiera sido yo y, sin duda, no hubieses sido un tremendo maestro para mí.


Cómo duele el corazón ante el arrepentimiento.

Y no quiero quedarme con la culpa de lo que no pude ver, de lo que no pude reparar.

Me consuela la confirmación de que siempre hicimos lo mejor que pudimos, desde lo que pudimos ver.

Acecho mi mente para que no invente cosas y se remita a describir lo que siento.


Hoy a la distancia, hoy en el invisible, hoy ya sin estar, te quiero contar que logro vernos.

Hoy veo lo que de ti no pude ver y siempre estuvo.

Hoy veo lo que no pude tomar y siempre me ofreciste.

Hoy veo lo que fue y no pude aceptar ni recibir, merecer.


Hoy veo también tu Presencia, tu sencillez, tu autenticidad compartida de manera real. Hoy veo tu luz.

Hoy veo lo que eres y vi al principio de nuestra relación y, de repente, dejé de ver, porque tu luz me iluminó demasiado en mi oscuridad. Mi miedo a la vulnerabilidad, no sentirme merecedora. Mi mente se disfrazó de corazón tantas veces.


Tantas veces me perdí buscando explicaciones donde no había.

Y tuve que darme una vuelta grande para verlo.

Ni siquiera pude abrirme vulnerable en este sentido ante ti. Así de grande fue mi arrogancia y orgullo, que ni siquiera yo pude verme.


Te pido perdón y me perdono por el miedo en mí que no supe reconocer y que nos hizo tanto daño.

Te pido perdón y me perdono por el orgullo y la arrogancia que tuve y que me impidió abrir el corazón ante la vulnerabilidad.

Te pido perdón y me perdono por mi necesidad de controlar para evitar la exposición de mi sombra, de mi miedo, de mi dificultad, sin saberlo.


Nunca quise hacerte daño y controlé tanto en nombre del amor.


Y jugamos tanto a sanar, a mejorar, a entender y fue honesto, fue real.

Y jugamos tanto a evadir, a controlar, a defender, a declarar.

Y un denominador común que percibo hoy de nuestras crisis y dificultades, desde mi lugar, es mi miedo a reconocer mi verdad, la humildad de permitir el miedo, de permitir la duda, de permitir la falta de honestidad conmigo misma, de reconocer que no sabía, que no quería, que no creía que era posible o conveniente, que merecía algo más, que no me sentía feliz y no era personal, que no me sentía en paz, en plenitud, que buscaba algo diferente que temía reconocer.


El miedo a la crítica y mi baja autoestima me hicieron daño, nos hicieron daño.

Y sé que no soy culpable de nada, que soy responsable del 100% de mi 50% de responsabilidad.

Y sé que seguiré viendo cosas en el futuro y que es posible que algunas de estas cosas que hoy veo, también cambien.


Fuiste y sigues siendo un gran maestro para mi ego y para mi corazón.


Aunque a veces me dueles y me das rabia, y no quiero saber nada de ti, te amo profundamente.

Como persona.

Te admiro y te honro.


Aún con todo lo que te limita, eres una persona maravillosa.


Gracias por esa consciencia que pude y no pude ver.

Continúo bendiciendo tu camino, aún cuando mi ego no quiera.


Que seas feliz y pleno en cada paso.




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